CAPÍTULO 1
El sendero
El bosque empezaba detrás de la última casa del pueblo. No había una puerta ni un cartel, sólo un cambio en el aire. La tierra se hacía más blanda y los sonidos llegaban desde distancias que costaba adivinar. Inés se detuvo junto al primer árbol, como quien espera a que le den permiso para entrar.
Llevaba una mochila casi vacía: agua, una manzana y un cuaderno. El camino ascendía sin prisa entre helechos. A un lado, las raíces dibujaban una escalera irregular; al otro, un arroyo repetía una frase que nadie había conseguido traducir. Inés decidió no intentarlo y siguió andando.
Su abuelo decía que los árboles no estaban quietos, sólo se movían a una velocidad que nosotros no sabíamos mirar. Aquella mañana la frase dejó de parecerle una ocurrencia. Había ramas buscando la luz, hojas siguiendo el aire, semillas preparándose para viajes que durarían más que su paseo.
Al llegar a un claro encontró un tronco caído y se sentó. La manzana sabía a la cocina de su infancia. Sacó el cuaderno, pero no escribió. Miró cómo una hormiga atravesaba la página en blanco y entendió que, por una vez, no hacía falta ser ella quien contara la historia.