Una habitación para leerBiblioteca Lumbre

CAPÍTULO 2

La última página

Terminar un libro siempre le producía una breve desorientación. La habitación seguía siendo la misma, pero el mundo que acababa de cerrarse aún tenía peso. Por eso dejaba el libro unos días sobre la mesa, como quien conserva una silla para un invitado que acaba de marcharse.

Después lo devolvía al estante. Con el tiempo olvidaría nombres y escenas, pero alguna frase permanecería, mezclada con sus propias ideas hasta que resultara imposible distinguir de dónde había venido. Tal vez leer consistiera también en eso: dejar que otras voces ampliasen el lugar desde el que miramos.

Una tarde cambió la silla de sitio. No hubo ninguna razón importante. Desde la nueva posición podía ver el cielo entre dos tejados. Abrió un libro que llevaba años esperando y, antes de empezar, levantó la vista. La habitación era pequeña, sí. Pero no tenía un tamaño fijo.

Un respiro entre páginas.

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