CAPÍTULO 3
Comienzo · continuación 3
Hoy que pacífico Marte Deja el estruendo marcial, Y en tranquila paz conmuta El estrépito campal:
Hoy que Alcídes apacible En dulce tranquilidad Y con mejor Yole cambia Lo fuerte por lo galan:
Hoy, en fin, que en esta casa Humanada la deidad, Cuanto está mas disfrazada, Tanto está mas celestial,
Su dueño, que en reverentes Obsequios quiere mostrar Que solo paga en deseos Lo que no puede pagar,
No intenta pedir perdones, Aunque ve su cortedad, Pues sabe que en los favores El primero es perdonar;
Y pedir lo que se ha dado Fuera querer estrechar De una peticion al voto Tanta liberalidad;
Pues sabe que las deidades No tienen necesidad, Como obran independientes, De méritos para obrar;
Porque ántes en el indigno Hace la grandeza mas: Que es la estrechez del mendigo Lisonja del liberal;
Que á no haber necesitados No hallara objeto capaz, Y era frustránea potencia A faltar necesidad.
El bien es comunicable, Y si llegara á faltar Con quien, siempre fuera bien, Mas no fuera utilidad.
Y así gustoso en su esfera, Otra no quiere envidiar, Pues merece que tres soles Le lleguen á iluminar;
Y remitiendo al silencio Lo que no puede esplicar, A sí mismo de sus dichas Los parabienes se da.
II
_Dando el parabien á un doctorado._
Gallardo jóven ilustre, Que en bien logrados abriles De sazon temprana ofreces Frutos que el Otoño envidie.
Tú que en gloriosa palestra De las literarias lides, Al alto honor de las ciencias Nuevo añades sacro timbre;
Cuyo nombre será siempre, En inscripciones plausibles, Fatiga honrosa á los bronces, Dulce afan á los buriles;
Hoy que doctoral insignia Tu dichosa frente ciñe, Y que de la amarga siembra Gustosos frutos percibes,
Goza el laurel, goza el premio Que tu fama te apercibe, Puro blason que te adorne, Cándido honor que te anime;
Gózale honroso, aun que corto Desigualmente compite El que tus sienes halaga Al que tus méritos piden;
Gózale, excepcion del tiempo, Y porque el mundo te admire, Vive tanto como sabes, Goza tanto como vives.
III
_A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola haber hallado en ella el fénix._
Válgate Apolo por hombre [No acabo de santiguarme Mas que vieja cuando Jove Dispara sus triquitraques]
De tan paradoja idea, De tan remoto dictámen; Sin duda que este el autor Es de los estravagantes.
Buscando dice que viene Aquel pájaro que nadie, Por mas que lo alaben todos, Ha sabido á lo que sabe;
Para quien las cetrerias Se inventaron tan en balde, Que es un gallina el alcon Y una mandria el gerifalte,
El azor un avechuelo, Una marimanta el sacre, Un cobarde el tagarote Y un menguado el gavilane;
A quien no se le da un bledo De que se prevenga el guante, Pihuelas y capirote, Con todos los demas trastes,
Que bien mirados son unos Trampantojos borëales, Que inventó la golosina Para alborotar el aire;
De cuyo antojo quedaron, Por mucho que lo buscasen, Sardanápalo en ayunas, Heliogábalo con hambre.
De él el pobre caballero Dice que viene al alcance, Revolviendo las provincias Y trasegando los mares;
Que para hallarlo, de Plinio Un itinerario trae, Y un mandamiento de Apolo Con las señas de _rara avis_.
¿No echas de ver, peregrino, Que el fénix sin semejante Es de Plinio la mentira Que de sí misma renace?
En fin, hasta aquí es nonada; Mas nunca falta quien cante Daca el fénix, toma el fénix, En cada esquina de calle.
Es lo mejor que es á mí A quien quiere encenizarme, O enfenixarme, supuesto Que allá uno y otro se sale.
Dice que yo soy la fénix Que, burlando las edades, Ya se vive, ya se muere Ya se entierra, ya se nace;
La que hace de cuna y tumba Diptongo tan admirable, Que le mece de nacida La que le guardó cadáver;
La que en fragantes incendios De las gomas mas suaves, Es parecer consumirse Volver á vivificarse;
La mayorazga del sol, Que, cuando su pompa esparce, Le engasta Ceilan el pico, Le enriza Ofir el plumage;
La que mira con záfiros, La que vuela con diamantes, La que pica con rubíes Y respira suavidades;
La que Atrópos y Laquésis Es de su vital estambre; Pues es la que corta el hilo Y la que vuelve á enhebrarle.
Que yo soy, jurado Apolo, La que vive de portante, Y en la vida como en venta, Ya se mete, ya se sale.
Que es Arabia la feliz Donde sucedió á mi madre Mala noche y parir hembra, Segun dicen los refranes.
(Refranes, dije, y es que Me lo rogó el consonante, Y porque hay regla que dice; _Pro singulare plurale_)
En fin, donde se pasó La rota de Roncesválles; Aunque quien nació de nones no debiera tener pares.
Que yo soy la que andar suele En símiles elegantes, Abultando los renglones Y engalanando romances.
El lo dice, y de manera Eficaz lo persüade Que casi estoy por crerlo, Y de afirmarlo por casi.
¡Qué fuera, que fuera yo Y no lo supiera ántes! Pues ¿quién duda que es el fénix El que ménos de sí sabe?
Por Dios, yo lo quiero ser, Pésele á quien le pesare; Pues de que me queme yo No hay razon que otro se abrase.
Yo no pensaba en tal cosa; Mas si él gusta graduarme De fénix, ¿he de echar yo Aqueste honor á la calle?
¿Qué mucho que yo lo admita? Pues nadie puede espantarse De que haya quien se enfenice, Cuando hay quien se ensalamandre,
Y de esto segundo vemos Cada dia los amantes, Al incendio de unos ojos Consumirse sin quemarse;
Pues luego no será mucho, Ni cosa para culparme, Si hay solamandras barbadas Que haya fénix que no barbe,
Quizá por esto nací Donde los rayos solares Me mirasen de hito en hito, No vizcos, como á otras partes.
Lo que mas gusto me ha dado Es ver que de aquí adelante Tengo solamente yo De ser todo mi linage.
¿Hay cosa como saber Que no dependo de nadie, Que he de vivirme y morirme Cuando á mí se me antojare?
¿Que no soy término ya De relaciones vulgares, Ni ha de cansarme el pariente Ni molestarme el compadre?
¿Que yo soy toda mi especie, Y que á nadie he de inclinarme, Pues cualquiera debe solo Amar á su semejante?
¿Que al médico no he de ver Hacer juicio de mi achaque, Pagándole el que me cure Tanto como el que me mate?
¿Que mi tintero es la hoguera Donde tengo de quemarme, Supliendo los algodones Por aromas orientales?
¿Que las plumas con que escribo Son las que al viento se baten, No ménos para vivirme Que para resucitarme?
¿Que no he de hacer testamento, Ni cansarme en _item mases_, Ni inventario, pues yo misma He de volver á heredarme?
Gracias á Dios que ya no He de moler chocolate, Ni me ha de moler á mí Quien viniere á visitarme.
Ya con estas buenas nuevas De hoy mas tengo de estimarme, Y de etiquetas de fénix No he de perder un instante.
Ni tengo ya de sufrir Que en mí los poetas hablen, Ni ha de verme de sus ojos El que no me lo pagare.
¿Cómo? Eso se querrian Tener el fénix de balde: ¿Para qué tengo yo pico Si no es para despicarme?
¡Qué dieran los saltimbancos Para poder agarrarme, Y llevarme como monstruo Por esos andurrïales
De Italia y Francia, que son Amigas de novedades! Y ¡qué pagaran por ver La cabeza del gigante,
Diciendo: “Quien ver el fénix Quisiere, dos cuartos pague, Que lo muestra maese Pedro En la posada de Jáques!”
Aqueso no, no vereis En este fénix, vergantes, Que por eso está encerrado Debajo de treinta llaves.
Y supuesto, caballero, Que á costa de mil afanes En la Invencion de la Cruz Vos la del fénix hallásteis.
Por modo de privilegio De inventor, quiero que nadie Pueda, sin vuestra licencia, A otra cosa compararme.
IV
_A la condesa de Paredes, escusándose de enviarla un cuaderno de música._
Despues de estimar mi amor, Excelsa, bella María, El que en la divina vuestra Conserveis memorias mias;
Despues de haber admirado Que en vuestra soberanía, No borrada de mi amor Se mantenga la noticia;
Paso á daros la razon Que á no obedecer me obliga Vuestro precepto, si es que hay Para esto disculpa digna.
De la música un cuaderno Pedis, y es cosa precisa Que me haga á mí disonancia Que me pidais armonías.
¿A mí, señora, conciertos, Cuando yo en toda mi vida No he hecho cosa que pudiera Sonarme bien á mí misma?
¿Yo arte de composiciones, Reglas, caracteres, cifras, Proporciones, cantidades, Intervalos, puntos, líneas?
Quebrándome la cabeza Sobre cómo son las sismas, Si son cabales las comas, En qué el tono se divisa;
Si el semitono incantable En número impar estriba, A Pitágoras sobre esto Revolviendo las cenizas;
Si el diatesaron ser debe Por consonancia tenida, Citando una estravagante En que el papa Juan lo afirma;
Si el temple de un instrumento Al hacerlo necesita De hacer participacion De una coma que hay perdida;
Si el punto de alteracion A la segunda se inclina, Mas porque ayude á la letra, Que porque á las notas sirva;
Si el modo mayor perfecto En la máxima consista, Y si el menor toca al longo, Cual es altera, cual tripla;
Si la imperfeccion que causa A una nota otra mas chica, Es total, ó si es parcial, Esencial ó advenediza;
Si la voz que, como vemos, Es cantidad sucesiva, Valga solo aquel respeto Con que una voz de otra dista;
Si el diapason y el diapente En ser perfectos consista En que ni ménos ni mas Su composicion admita;
Si la tinta es á las notas Quien todo el valor les quita, Siendo así que muchas hay Que les da valor la tinta;
Lo que el armónico medio De sus dos estremos dista, Y del geométrico en que, Y aritmético, distinga;
Si á dos mesuras es toda La música reducida, La una que mida la voz, Y la otra que el tiempo mida;
Si la que toca á la voz O ya intensa, ó ya remisa Subiendo, ó bajando, el canto Llano solo la ejercita;
Mas la exterior que le toca Al tiempo en que es preferida, Mide el compas y á las notas Varios valores asigna;
Si la proporcion que hay Del _ut_ al _re_, no es la misma Que del _re_ al _mi_, ni el _fa_, _sol_ Lo mismo que el _sol_, _la_ dista;
Que aunque es cantidad tan tenue, Que apénas es percibida, Sexquioctava, ó sexquinona, Son proporciones distintas;
Si la enarmónica ser A práctica reducida Puede, ó si se queda en ser Cognicion intelectiva;
Si lo cromático el nombre De los colores reciba De las teclas, ó lo vario De las voces añadidas;
Y en fin, andar recogiendo Las inmensas baratijas De calderones, guiones, Chaves, reglas, puntos, cifras,
Pide otra capacidad Mucho mayor que la mía, Que aspire en las catedrales A gobernar las capillas.
Y mas si es porque en él la Bella doña Petronila A la música en su voz Nueva añada melodía.
¡Enseñar música á un ángel! ¿Quién habrá que no se ria De que la rudeza humana Las inteligencias rija?
Mas si he de hablar la verdad, Es lo que yo algunos dias, Por divertir mis tristezas, Dí en tener esa manía;
Y empecé á hacer un tratado Para ver si reducia A mayor facilidad Las reglas que andan escritas.
En èl, si mal no me acuerdo, Me parece que decia, Que es una línea espiral, No un círculo, la armonía;
Y por razon de su forma Revuelta sobre sí misma La intitulé _Caracol_, Porque esa revuelta hacia;
Pero este está tan informe, Que no solo es cosa indigna De vuestras manos, mas juzgo Que aun le desechan las mias.
Por esto no os le remito; Mas como el Cielo permita A mi salud mas alientos, Y algun espacio á mi vida,
Yo procuraré enmendarle, Porque teniendo la dicha De ponerle á vuestros pies, Me cause gloriosa envidia.
De don Pedro y don Martin No podreis culpar de omisas Las diligencias, que juzgo Que aun excedieron de activas.
Y mandadme, que no siempre Ha de ser tal mi desdicha, Que queriendo obedeceros, Con querer, no lo consiga.
Y al gran marques, mi señor, Le direis de parte mia, Que aun en tan muertas distancias Conservo memorias vivas;
Que no olvido de su mano Las mercedes recibidas; Pues no son ingratos todos Los que, al parecer, se olvidan;
Que si no se lo repito, Es por la razon ya dicha, De escusar que lo molesta Ostente lo agradecida;
Que no le escribo, porque Siendo alhaja tan baldía La de mis letras, no intento Que de embarazo le sirva;
Y que ya que mi desgracia De estar á sus pies me priva, Le serviré en pedir solo A Dios la vuestra y su vida.
V
_A la condesa de Galve, en su cumpleaños._
Si el dia en que tú naciste, Bellísima excelsa Elvira, Es ventura para todos, ¿Porqué no lo será mia?