CAPÍTULO 1
Comienzo
OBRAS SELECTAS
DE LA CELEBRE
MONJA DE MEJICO,
SOR
JUANA INES DE LA CRUZ,
PRECEDIDAS DE SU BIOGRAFIA Y JUICIO CRÍTICO SOBRE TODAS SUS PRODUCCIONES,
POR
JUAN LEON MERA
[Illustration: colofón]
QUITO.
IMPRENTA NACIONAL.
1873
_A la cara memoria de mi amigo el distinguido jurisconsulto_
Doctor Don Ramon Miño,
_consagro respetuoso mi corto trabajo en este libro_.
J. LEON MERA.
FE DE ERRATAS.
PÁG. LINEA. DICE. LÉASE.
VI 1 de la Sor de Sor. XXI 20 sus plumas su pluma. XXVIII 24 en la misma es la misma 23 12 quereses; quereres; 30 19 no me vistas de no me vistas la 41 3 su vista su vista. Id. 22 En en En el 46 21 pretendo pretende 106 14-15 venia mia venia mía. No lo hagais No la hagais 272 27 estais esteis
Las demas erratas que se hallaren serán advertidas y corregidas por el buen juicio del lector.
[Illustration]
BIOGRAFIA
DE
SOR JUANA INES DE LA CRUZ,
Poetisa mejicana del siglo XVII,
Y JUICIO CRÍTICO DE SUS OBRAS.
[Illustration]
I
El sexo llamado débil y mirado con desden, especialmente al considerarle por sus facultades intelectuales, ha venido de siglo en siglo, ántes y despues de la era cristiana, dando pruebas de que ese desden ha sido injusto, y protestando á la faz del mundo contra él.
El hombre que se ha llevado para sí toda fuerza y todo poder en la sociedad, relegando á la mujer á una region inferior, no ha podido en ningun tiempo hacer que se eclipse del todo en el alma femenina el destello de luz que, junto con la existencia, recibiera de la mano de Dios.
¿Afirmaremos esta verdad con hechos históricos? No hay necesidad: ¿quién la niega en nuestros dias? Ya se confiesa francamente que la mujer no es una _cosa_, que tiene alma, que sabe pensar, elevarse y ennoblecerse, que posee derechos propios y que su destino en la humanidad está nivelado con el del hombre, su _compañero_, no su _señor_ y _dueño_.
Prescindamos, pues, de una erudicion intempestiva, y limitémonos á breves reminiscencias cuando vengan ajustadas al agradable tema en que vamos á ocuparnos: la vida de una célebre mujer y las obras con que inmortalizó su nombre y honró á su patria.
II
El siglo que dió á la literatura francesa las Sevigné y las Dacier, dió también á la española las Záyas de Sotomayor en la península y las Sor Juana Ines de la Cruz en América.
¿Quién fué esta religiosa?
Sabíamos que hácia los últimos años del siglo XVII habia florecido en la tierra de Anahuac un notable ingenio poético llamado de aquel nombre. Pero á esto solo se hallaban circunscritas nuestras noticias: conocíamos, pues, un nombre; esto es, no conocíamos nada. ¿Quién puede preciarse de saber el contenido de un libro porque aprendió su título de memoria?
Con todo, un nombre de mujer, y de mujer americana, fué motivo bastante poderoso para dispertar nuestras simpatías por ella, y hacernos desear el conocimiento de sus obras.
Por aquel tiempo leimos la excelente “Historia de la literatura española” por M. Ticknor, y encontramos mentado el nombre de la monja de Méjico precedido del epíteto de _célebre_. En una nota, al pié de la página, se la llama la _Décima Musa_ y se citan sus _poemas_ dados á la estampa en Zaragoza de 1682 á 1725, en tres tomos en 4º; mas al fin se han puesto estas líneas tomadas del “Semanario pintoresco” del año 1845: “Sor Juana Ines de la Cruz, mas notable como mujer que como poeta, nació en Guipúzcoa[A] en 1651, y murió en Méjico en 1695.”
Ser célebre y merecer el dictado de décima musa, son cosas incompatibles con el juicio fatal que encierran estas últimas palabras.
Un calificativo honroso en boca de M. Ticknor es tìtulo valioso: difícilmente el concienzudo literato anglo-americano pudo haber concedido celebridad á quien no la tenia. En lo de haber levantado á la monja al coro de las piérides, no teniamos confianza, porque era obra de sus contemporáneos y, sobre todo, de un tiempo en que la hipérbole fué condicion precisa del elogio, y este se habia abaratado por estremo en el mercado de las letras castellanas. Por otra parte, juzgábamos que los autores del “Semanario pintoresco” no se habrian atrevido á echar á volar su parecer acerca de una poetisa que les pertenecia, sino con pleno conocimiento de sus obras, y fiados en muy sano criterio.
Una mujer, una americana habia escrito versos á fines del siglo XVII. Esta rareza llamó acaso la atencion de M. Ticknor, mas que el mérito real de esos versos, y le hizo soltar en su “Historia de la literatura española” una palabra de tanta significacion. El que halló en la misma autora mayor mérito en la mujer que en el poeta, tuvo, pues, acaso mas razon. El sexo sirvió en cierta manera à las letras, no estas al sexo; la hechura, aunque asaz imperfecta, se hizo notable á causa de la deficiencia del instrumento en ella empleado. Ademas, las notas de la obra citada, ¿no son puestas por el mismo M. Ticknor?
A tales reflexiones nos condujo nuestra sindéresis. La simpatía vacilaba, pero era mas ardiente el deseo que abrigábamos de conocer las poesías de Sor Juana Ines. El velo de la ilusion no se habia rasgado del todo, aunque presentíamos que iba á desaparecer una estrella del cielo americano, y esto nos causaba enojo. La ruptura entre nuestro primer pensamiento sobre la autora y nuestro juicio posterior, entre el afecto que habia anidado en el corazon y el rayo de luz que aclaraba el entendimiento, nos parecia inevitable.
Por dicha nuestra, ántes que las obras de la religiosa mejicana, nos vino á las manos otro libro precioso por muchos respectos: “La mujer,” por don Severo Catalina. En una de sus páginas salpicadas de diamantes extraidos de las minas del corazon y de la inteligencia, encontramos unos versos. ¡Versos de la Sor Juana Ines de la Cruz, llenos de poesía y de verdad, inspirados por un profundo sentimiento de indignacion contra la injusticia del hombre, y de justicia en pro de la mujer!
Entre esos versos hay esta cuarteta:
“Pues ¿para qué os espantais De la culpa que teneis? Queredlas cual las haceis, O hacedlas cual las buscais.”
“Estos versos, esclama el señor Catalina, pueden constituir un tratado importantísimo de filosofía y de moral.”
Cierto; y ellos constituyen, ademas, un valiente reto dirigido á quienes, concupiscentes, matan la virtud de las mujeres, y necios, se lamentan de no hallarlas con las prendas que han destruido con sus propias manos.
La belleza poética y la belleza moral de esos versos nos entusiasmaron, y Sor Juana Ines fué restituida al honroso pedestal de que la habiamos bajado á causa de la cavilacion en que nos pusieron las palabras del “Semanario pintoresco.”--Esa poesía, nos dijimos, no la produce sino un poeta; esa verdad no es hija de una alma vulgar: Sor Juana fué, sin duda, mujer de gran talento, y sus obras deben ser dignas de ella.
Este juicio, ya por demas favorable, vino á robustecerse con la honrosa memoria que de la _Monja de Méjico_ hace el insigne historiador moderno, César Cantú, y con las biografías de la misma que consultamos posteriormente. Mas el criterio fundado en el dicho de otros autores, por muy acreditados que sean, es con frecuencia inseguro; ó por lo ménos es indudable que vale mas la luz obtenida por medio de las observaciones propias, aunque sea corta, que la que se recibe por la reflexion de agenas inteligencias. ¡Las obras! veamos las obras de la Monja! Y tanto mayor era el deseo de verlas, cuanto los escritores citados la atildan de gongorista, y queriamos que nos constase este pecado de una poetisa por quien ya ardiamos de entusiasmo.
¡Las obras! las obras de la _Décima Musa_! ¿Dónde dar con ellas en nuestra tierra en que es tan difícil hallar libros antiguos y en que casi no existen bibliotecas públicas? Sin embargo, las buscaremos; nuestras diligencias no serán infructuosas; leeremos esas obras con el interes que cumple à un americano, y sin duda hallaremos en ellas mucho bueno. Sí, es imposible que Sor Juana Ines no haya producido mucho bueno. El gran ingenio que se estraviò imitando á Góngora en lo malo, ha debido imitarle tambien en lo excelente, ó no es un gran ingenio, y no es la poetisa celebrada por Ticknor y Cantú.
Las perlas sacadas del fondo del mar no son para que yazgan perpetuamente sepultadas en el fondo de un cofre, y, sinembargo, tal es la suerte que á muchas cabe. Así sucede tambien con algunas producciones del talento, y quizás tan mal destino ha cubierto con sus sombras las de la monja mejicana. Celebradas con calor cuando aparecieron, brillaron en la corona de la Nueva España por cortos años. Cambiáronse los tiempos; al exceso de mal gusto del siglo culterano se siguió el rigor de la reaccion literaria, y la sociedad, avara é injusta, encerró esas joyas en el cofre del olvido, confundiéndolas sin discernimiento con las zarandajas y pepitorias ridículas que en verdad abundaron en España y América con lastimosa profusion. Busquémos, pues, los cantos de la arrebatada musa de Nueva España, busquémoslos como otros buscan el oro que la avaricia cubrió de tierra por sustraerle de las miradas de la necesidad.
III
Grande amor hemos profesado siempre á nuestra América, tan rica y tan hermosa, y á esta pasion ha correspondido nuestro entusiasmo por sus glorias. Cuando tratamos de ellas, Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, todas las naciones del mismo orígen y que viven de la misma vida intelectual y moral en el Nuevo Continente, constituyen para nosotros una sola patria. Los lazos de la lengua y literatura son poderosos por naturaleza; pero en América han adquirido mayor grado de robustez, especialmente desde su emancipacion política, porque desde entónces los americanos han formado un grupo aparte, diremos así, de ideas íntimas é intereses vitales muy diversos de los de la madre patria.
De este amor americano nacia principalmente nuestro anhelo de conocer las obras de Sor Juana Ines de la Cruz. Ya presentíamos, alumbrados por la muestra que habíamos visto, como acabamos de insinuarlo, que serian dignas de todo elogio, y honrosas para Méjico y toda la América española. Las producciones que brotan en este adorado suelo son frutos de una misma huerta, sazonados por un mismo sol y destinados al alimento y deleite de una sola familia.
Un dia tuvimos un verdadero gozo: dimos con el tesoro que buscábamos. Nuestro querido amigo el doctor don Ramon Miño, cuya muerte lamentamos todavía, nos lo proporcionó con su generosidad acostumbrada, franqueándonos su selecta y abundante librería.
Para quien no hubiese tenido tantas ganas de hacer la lectura de dichas obras, habria sido repugnante hasta el aspecto de tres tomos forrados en pergamino, maltratados, de malísima impresion en su mayor parte y de ortografía viciada por demas, como lo general en los libros españoles de aquel tiempo;[B] mas nosotros emprendimos gustosos esa tarea, leyendo hoja por hoja, párrafo por párrafo, deteniéndonos en cada estrofa y cada línea, á fin de suplir los defectos tipográficos, errores de ortografía y á veces hasta cambios de palabras, independientes, no cabe duda, de la voluntad de la autora, y penetrando de esta suerte los pensamientos y bellezas poéticas, que no son escasas.
Al mismo tiempo que íbamos buscando y entresacando de esos tres tornos que encierran las obras completas de la monja, todo cuanto nos parecia digno de recomendacion para formar un conjunto de sus poesías selectas, íbamos tambien tomando datos acerca de su vida, bien de sus propios versos y prosa, bien de lo que de ella han dicho sus panegiristas, para añadirlos á las noticias que ya poseíamos y cumplir nuestro propósito de escribir su biografía junto con el juicio crítico de sus partos literarios.
El P. Diego Calleja, de la Compañía de Jesus, en la _aprobacion_ del último tomo de los escritos de Sor Juana Ines, trae bastantes y curiosos rasgos de su vida; pero son mas interesantes los que la religiosa da de sí misma en una larga y recomendable carta que dirigió á Sor Filotea de la Cruz, monja trinitaria y, al parecer, mejicana tambien. Ademas, la dan á conocer perfectamente el propio carácter y especial movimiento y colorido de sus producciones. Esto lo penetró muy bien uno de los prologuistas de sus obras cuando dijo, hablando en general de los escritores, que “se trasuntan insensiblemente al papel las facciones del alma.” El pensamiento de Buffon, “el estilo es el hombre,” no fué, pues, tan original que digamos.
Condicion precisa de todo letrado ingenio es trasmitir poca ó mucha parte de su ser interior á sus obras: ellas son el espejo de las pasiones y vida de sus autores. Esto es muy natural, porque es rarísimo el talento de escribir lo que no se siente, sacando del tintero y no del alma cuanto se va espresando con la pluma. Si esto sucede generalmente, los poetas en especial no pueden contradecirse á sí mismos; y si lo hacen, á fe que no dan á sus producciones aquel sentido, aquella vitalidad ó espíritu que se comprende y no se esplica, y que forma la esencia de la poesía. La estética de los hijos del Parnaso es innata; por eso cada uno de sus versos, cada uno de sus pensamientos es hijo legìtimo de su númen, pedazo de su propia naturaleza arrancado por la fuerza de la inspiracion.
¿Percibis en el jardin, á la hora en que la noche comienza á descolgar su velo sobre el mundo, un olor suavísimo y delicioso? Es la fragancia del jazmin sacudido por el céfiro. Así es la poesía del alma sacudida por el estro. La fragancia os da á conocer la flor: la poesía os da á conocer al poeta.
Hemos visto algunas biografías de la ilustre monja; mas, no obstante, juzgamos que en la actualidad no se la conoce ni de nombre cual merece serlo. Sus obras están olvidadas; ¿se piensa que apénas son buenas para consultadas por los eruditos? ¡Ah, qué error! tamaño error que ha hecho que los _Parnasos_ y _Colecciones_ carezcan de ellas. Hasta el célebre Quintana ha desterrado de la suya las poesías de Sor Ines. ¿Es posible que no haya hallado entre estas joyas ni una sola digna de seleccion? No puede ser: entre las que forman su _Tesoro del Parnaso_ hay algunas inferiores á varias de las de la musa mejicana, y debemos atribuir la omision mas bien á falta de conocimiento de estas que á falta de buen gusto ó á injusticia.
Nosotros queremos, pues, sacudir el polvo que cubre las producciones de que venimos hablando, escojer las mas bellas y darlas nuevamente á luz para deleite de los amantes de la verdadera poesía. No alcanzamos la razon que algunos tengan para aprovechar de las obras que ostentan mérito actual, por corto que á veces sea, y ver con desprecio las que fueron escritas en otros tiempos y cuyas bellezas, por muy acompañadas que estén de errores y faltas, no dejan de ser bellezas de primer órden, agradables y dignas de encomio. ¿No seria necedad olvidar el oro de Góngora á causa de su escoria? Y eso que nadie ignora cuánto mal hizo á la literatura castellana el autor de las _Soledades_.
IV
A pocas leguas de la ciudad de Méjico, en un pintoresco lugar dominado por dos montes, hallábase la alquería de _San Miguel de Nepanthla_, propiedad de don Pedro Manuel de Asbaje y doña Isabel Ramírez de Cantillana. Hija legítima de estos honrados colonos y en aquel retiro naciò Juana Ines el 12 de noviembre de 1651. Uno de sus biógrafos hace notar la circunstancia de haberse verificado el nacimiento en una habitacion llamada _celda_, para que en una celda tambien viviese y muriese cuarenta y tres años y medio mas tarde el célebre personaje que nos ocupa.
Tres años de edad contaba la niña cuando, gracias á su precoz inteligencia, comenzó el aprendizaje de las primeras letras. Apénas cumplido un lustro, sabia leer, escribir, contar y otras menudencias que suelen aprender las niñas en mas adelantados años. A esta sazon despuntó asimismo su amor á la poesía, pues gustaba de aprender y recitar versos españoles, y con tan asombrosa facilidad la practicaba, que su nombre adquiria creciente fama, y ya no era difícil prever cuan tamaña seria en lo futuro.
La naturaleza señala al parecer el camino que ha de llevar cada criatura en el mundo. A veces esta determinacion irrevocable permanece oculta largos años, y asoma al declinar las primeras fuerzas de la vida: testigos, entre otros, Richardson y Rousseau. Otras veces como que viene cierto poder misterioso á romper el egoismo de la naturaleza, y á manifestar el genio que yacia escondido: testigos Corregio y Ana Cowley. “Yo tambien soy pintor,” esclamó entusiasmado el primero, y fué, en efecto, gran pintor. “Yo tambien soy autora,” dijo con igual inspiracion y fuego la segunda, y fué, como se sabe, célebre dramaturga. Otras veces, en fin, madura el ingenio con demasiada prontitud, y los niños piensan y obran como los viejos que han visto agostarse sus dias entre el polvo de las bibliotecas y las pesadas horas de una constante vigilia. Pero en este caso acontece por lo general que se pierde el equilibrio entre las fuerzas del cuerpo y las del espíritu; este triunfa desde luego, mas el otro se desbarata y cae en la tumba. Cuanto mas grande y viva es la llama, tanto mas presto se consume la cera del hacha.
Juana Ines fué uno de estos seres excepcionales, niños en edad y viejos en inteligencia. No habia rayado todavía en su octavo año, cuando llevada por la noble codicia de un libro ofrecido en premio, escribió una loa al Santísimo Sacramento, que llamó la atencion de los entendidos. Se cuenta que doña Gertrúdis Gómez de Avellaneda, gran honra de las letras americanas, escribió tambien en la misma edad de la poetisa mejicana un cuento intitulado “El gigante de cien cabezas.” ¡Cómo ha solido fecundar siempre el sol del Nuevo Mundo las inteligencias femeninas!
Juana Ines, en su vehemente anhelo de saber, temia que algunos manjares influyesen en aminorar su talento y memoria, y se abstenia de ellos. Otras veces se cortaba el cabello en cierta medida, imponiéndose la obligacion de aprender tal ó cual materia durante su crecimiento, y de cortarle nuevamente en via de castigo si salia fallido su propósito; porque “no me parecia razon, dice ella misma, que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas apetecible adorno.” En mas de una ocasion rogó con instancia á sus padres que la enviasen, disfrazada en traje de varon, á cursar las ciencias en la Universidad de Méjico; pero como no consiguiese este imposible, se desquitaba leyendo “muchos y varios libros” que poseía su abuelo, “sin que bastasen castigos ni reprehensiones á estorbarlo.”
Al fin, conducida á Méjico á los ocho años, pudo hallar mas vastos elementos de instruccion en nuevos libros, y proteccion y estímulo poderoso; si bien parece que en el seno de su familia halló contradicciones que vencer. Acabamos de ver que ella misma habla de “castigos y reprehensiones,” y en otros pasajes de sus obras pudieran hallarse nuevos testimonios sobre este punto; mas nos contentaremos con citar las siguientes cuartetas de un romance en que habla de la facilidad que tenia para versificar:
“Y mas cuando en esto corre El discurso tan á priesa, Que no se tarda la pluma Mas que pudiera la lengua. Si es malo, yo no lo sé: Sé que nací tan poeta, Que, azotada como Ovidio, Suenan en metro mis quejas;”
y tambien este trozo de un escrito en prosa: “Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razon, fué tan vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas reprehensiones, que he tenido muchas, ni propias reflexas, que he hecho no pocas, han bastado á que deje este natural impulso que Dios puso en mí.”
Por la misma época en que compuso su primera loa, empezó á estudiar latinidad bajo la direccion de un respetable sacerdote, su tio. Unas pocas lecciones fueron suficientes para ponerla en camino; pues, careciendo luego de maestro, su talento y aplicacion suplieron la falta, y con admirable prontitud la lengua del Lacio le vino á ser familiar.
Careció asimismo de preceptores para las demas artes y ciencias que llegó á poseer; pues algunas veces, cuando ha nacido el alma con cierta superior disposicion para cosas grandes, sus facultades se desenvuelven en la soledad y el silencio, padres de la meditacion, y las páginas de un libro son mas provechosas que las palabras de un pedagogo. Y no faltan, por otra parte, ejemplares de haberse maleado la generosa naturaleza con una enseñanza errada. Raros son los maestros que conocen la índole intelectual de sus discípulos y la guian sin extraviarla.
Los marqueses de Mancera, vireyes de Méjico á la sazon, añadieron al timbre de su ilustre cuna y alta suposicion el no ménos distinguido de constituirse Mesénas de Juana Ines. La proteccion que la prestaron fué abierta y sin límites; lleváronla á vivir consigo en palacio, y la vireina cobró tal cariño á la niña, que no podia pasarse sin verla. La regalada vida no fué, sinembargo, como suele suceder especialmente en la infancia, un estorbo para los estudios y la concentracion de aquel númen, cuya condicion le arrebataba irresistible á las regiones de la inteligencia y del espiritualismo. Por el contrario, dado á sus anchas á su ocupacion favorita, aumentaba todos los dias su caudal de saber, y derramaba poesía con profusion en torno suyo.
Habia cumplido los diez y siete años de edad, con la satisfaccion de no haber perdido nunca su tiempo en frivolidades, ni de haberse pagado de su propia belleza y gracias exteriores con menoscabo de las prendas del alma. El tiempo es dinero, dice una moderna máxima inventada por la codicia; pero las almas nobles parece que siempre han dicho: el tiempo es sabiduría.
Hermosa y atractiva de cuerpo y semblante, de corazon mansísimo, discreta en conceptos y acciones, y amable en el trato con toda clase de personas, cautivaba fácilmente las voluntades; pero su raro saber la atraía tambien el respeto y admiracion de cuantos la comprendian. Solo ella, al parecer, no se conocia bastante, lo cual es dote del buen talento, que lleva en sí joyas preciosas escondidas á sus propios ojos y visibles á los agenos.
En aquella edad, esto es, á los diez y siete años, cuando la vida es para hombres y mujeres un alegre mosaico de ilusiones y el corazon un armonioso instrumento que suena al toque de cualquier afecto, el alma de Juana Ines se hallaba nutrida de variados y sòlidos conocimientos. Era una planta cargada de frutos precoces, mas no por esto ménos bien sazonados que los que produce un árbol crecido y desarrollado en muchos años. Filosofía, escritura santa, teología, historia profana, geografía, matemáticas, lógica, retórica, física, derecho civil y canónico, arquitectura, música, y otros ramos de ciencias y artes fueron abarcados por su vasta y poderosa capacidad. A par de claro juicio gozaba de feliz memoria y de facilidad de espresion. Tertuliano y San Gerónimo, San Agustin y Santo Tomas, así como otros muchos padres de la Iglesia eran, fuera del Antiguo y Nuevo Testamento, sus fuentes de erudicion piadosa. En lo profano su caudal de conocimientos fué adquirido en la lectura de los clásicos latinos, poetas y prosistas, y en los autores españoles, reflejos de aquellos en su mayor parte. Los sucesos históricos de Grecia y Roma, cronológicamente estudiados, y la ingeniosa mitología de esas dos naciones, troncos robustos de la civilizacion antigua, se hallaban prestos en sus labios para amenizar la conversacion, ó brotaban de su pluma con tino y gracia seductores.
Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á dura prueba la sabiduría de la jóven, y reunió en palacio mas de cuarenta personas de lo mas ilustrado de Méjico para que la examinasen. Juana Ines, que siempre hizo gala de su obediencia y sumision á quienes la protegian, se rindió á los deseos y mandato del virey, y se presentó al acto singular. Llovian sobre ella de todas partes las proposiciones y argumentos sobre variadas y difíciles materias; mas no era vulgar colegiala quien respondia, sino una maestra que, sobre bien fundados y extensos conocimientos, poseía un admirable talento para comprender y juzgar, y grande viveza de imaginacion para dar vigor y diversos movimientos á su discurso y raciocinio. Su dialéctica era invencible porque no era aprendida, sino obra espontánea de la razon ilustrada. Así, pues, el triunfo que obtuvo en la controversia fué completo. Merecen copiarse las palabras que trae su biógrafo, el P. Calleja, refiriéndose al marques de Mancera: “A la manera, dice, que un galeon real se defendiera de unas pocas chalupas que la envistiesen, así se desembarazaba Juana Ines de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, y cada uno en su clase la propusieron”.
Tan buen éxito, sinembargo, no dejó en el ánimo de la jóven ninguna impresion. ¿Fué modestia? ¿fué orgullo? Acaso no quedó satisfecha de sí misma; talvez no juzgó gran cosa el haberse sobrepuesto á quienes sabian ménos que ella; si bien, como ya dijimos, parece que fué la única que nunca conoció su propio valer. En todo caso, si obró la modestia, digna fué de alabanza, y si el orgullo, harto justificado quedó.
Pudiera creerse con razon que mucha parte de la fama de Juana Ines fué debida al tiempo en que vivió; pero si se examinan sus escritos aunque sea á sobre peine, no es difícil descubrir en ellos, á pesar de sus innegables defectos, hijos ellos sí del tiempo, que aquella jóven poseía prendas naturales y conocimientos de tan genuino mérito, que hoy en dia tanto como entónces nadie podria menospreciar, á no ser algun bárbaro.
Prueba es tambien de su mérito no vulgar el deseo de conocerla personalmente que tuvieron los sujetos mas distinguidos de Nueva España y de toda la América latina, y el eco que hizo su nombre en la Península, no obstante que la condicion de americana debió influir acaso en suscitar algunos celos. Parece que en todo tiempo se ha tenido á la América por mas fecunda en oro y plata que en riqueza de inteligencia; y, sinembargo, la historia prueba que si las arcas reales de España se colmaban con los metales preciosos de las colonias, las letras no dejaron de percibir su tributo, si relativamente corto en verdad, en ningun caso despreciable, ya se atienda á su mérito real, ya al mismo atraso en que por aquellos siglos se bailaba la educacion literaria de nuestro continente.
Juana Ines nació en mala época, no cabe duda, y habria sido milagro que no se contaminase de los vicios literarios dominantes, como lo fuera que un cisne conservara blancas las plumas en una charca de tinta. Pero la fuerza del talento la salvó de la completa perdicion en que tantos de sus contemporáneos se sumieron: ha dejado versos que la recomiendan hoy y que la harán pasar á la posteridad mas remota, y trozos de prosa en que se paladea el puro lenguaje de Santa Teresa. Casi no hay obra suya, aun entre las mas culteranas, que no tenga cierto sello que patentiza una alma no comun, un corazon de oro y una fecundísima imaginacion. Así como entre las nubes tempestuosas se ven intersticios luminosos que dan á conocer que el sol está tras ellas, así tambien en las mas defectuosas de las piezas de nuestra poetisa hay rasgos que revelan su genio. La necedad y la ignorancia nunca tienen lúcidos intérvalos ni pueden producir jamas cosa ni medianamente buena. El verdadero talento nunca se eclipsa del todo, porque tiene algo divino, y por tanto superior á las miserias de la tierra. Ademas de todo esto, y aunque la mayor parte de las obras de Juana Ines estuvieran por estremo enfermas del mal gusto de Góngora, las que se libertaron de este achaque, así en verso como en prosa, bastarian para justificar el buen nombre de la autora.
Y ¿no sucede otro tanto con el mismo Góngora? Todo el mundo condena sus funestos delirios que echaron por tierra la literatura española; mas ¿quién no admira sus aciertos? El famoso demoledor del buen gusto de las musas castellanas es mas responsable por este daño causado con su ejemplo, que por haber extraviado su propio talento; pero ¿quién se atreverá á negarle sus insignes dotes de poeta? Atinado anduvo á fe quien le llamó _Angel de tinieblas_. Sì, se envolvió de tinieblas, mas no dejò de ser àngel; cayó arrastrando consigo multitud de secuaces, mas no se confundió con ninguno de ellos.
V.
Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la Península como en América, se encerraran en las claustros ò se arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar. Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian adquirido fama literaria en el mundo.
La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras, porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica, muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las distracciones del mundo.
Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden, reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se encuentra allá arriba.
Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado. Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien elementos de consuelo y bienestar.
El _Diccionario histórico_, y, siguiendo el dicho de este, varios otros escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable. Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha cubierto es de gasa de Cos.
El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.” El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa, obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez, sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.”
Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo; queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba. Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza ajena, que les pudiera decir con verdad: _Vos me coegistes_” ¡Qué conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que nos proporciona la misma poetisa...
Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos, si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero, confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura.”
¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública, hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí, muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en su alma.
Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa? Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa, perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible, la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian, habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues, y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos, insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder lo que sentia, y le causaba _positiva repugnancia_ aquello que debia hacer traicion á su secreto.
Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos, y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento y de armonía.
“Deja que nuestras dos almas, Pues un mismo amor las rige, Teniendo la union en poco, Amantes se identifiquen.
Un espíritu amoroso Nuestras dos vidas anime, Y Láchises al formarlas De un solo copo las hile;
Nuestros dos conformes pechos Con solo un aura respiren, Un destino nos gobierne Y una inclinacion nos guie”.
¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa melodía del amor.
Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:
“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!) Que he querido en otro tiempo, Lo que pasó de locura Y lo que excedió de extremo.”
“Tan precisa es la apetencia Que á ser amados tenemos, Que aun sabiendo que es inútil, Nunca dejarla sabemos.”
“Si es delito, ya lo digo; Si es culpa, ya la confieso; Mas no puedo arrepentirme, Por mas que hacerlo pretendo.”
“Pero valor, corazon, Porque tan dulce tormento, En medio de cualquier suerte, No dejar de amar protesto.”
He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño, alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa, amaba el estudio; ya lo hemos dicho.
Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre, porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad: dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres, quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una sociedad lucida y numerosa.
El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues, largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir á solas con sus _cuatro mil amigos_ que habia logrado reunir en su biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar, como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas obras en prosa y verso.
Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”
A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas, las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria é imprescindible.
Pero monja era ya cuando se dieron á luz sus obras, y no una sino varias veces. En la tercera edicion del primer tomo se lee: “Corregida y añadida por su autora.” Si añadió y corrigió, no tuvo á bien por otra parte, suprimir los versos harto profanos y amorosos que desdecian de su estado. ¿Les juzgó inocentes, por ventura, en razon de ser hijos de un sentimiento verdadero? ¿Tuvo repugnancia de arrancar de su corona esas rosas brotadas en las huellas del amor? ¿Juzgó innecesario ocultar lo que ya el mundo conocia? Nada podemos contestar. Los editores dedicaron las obras de Sor Juana Ines “á la Soberana Emperatriz del cielo y tierra, María, nuestra Señora,” y esto sí se puede explicar: en aquellos tiempos en que la religiosidad española era nimia, porque era profunda la fe y suma la sencillez del espìritu, cuando gustaba algun libro, por impregnado que estuviese de los miasmas de las pasiones terrenales, se le echaba la dedicatoria á la Virgen ó á un santo, ó cuando ménos se les invocaba, como para neutralizar el escándalo que debia producir la lectura. Esa incoherente muestra de devocion servia de tenaza para agarrar el ascua. ¡Inocentadas de otra edad! Pudo ser tambien esa costumbre precaucion para amortiguar el celo del Santo Oficio, que cierto no culparia de malicioso á quien invocaba un bendito nombre para dar á la estampa los desahogos del corazon ó los desbordes de la fantasía.
La publicacion del primer tomo de sus versos trajo muchos disgustos á Sor Juana. En medio de los elogios aparecieron amargas censuras; pero estas, mas que en los defectos de las obras, se fundaban en el disparatado concepto de que el estudio de las letras era incompatible con la condicion del sexo femenino, y mas todavía con el estado monacal. El númen poético de la jóven religiosa era especialmente objeto de serias contradicciones. “¿Quién no creerá, dice en la carta citada, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones, cuantos no podré contar”... “Pues por la en mí dos veces infeliz habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? ó ¿cuáles no me han dejado de dar?”
De tan necias acusaciones se defiende Sor Juana citando con oportunidad y gracia varias mujeres célebres por su sabiduría, tanto entre las gentiles como entre las cristianas, así en la antigüedad como en los tiempos modernos. Con no menor destreza y fundado raciocinio combate á los que, aferrados al _Mulieres in Ecclesia taccant_, querian que dejase y condenase su aficion al estudio. ¡Salvaje pretension de la cual se vengó la sabia monja dando rienda á su ingenio! Llegó hasta privarse voluntariamente, cuanto le fué posible, de la sociedad de sus compañeras de claustro, por consagrarse mas y mejor á la lectura y la meditacion. Esto prefieren las almas grandes á la comunicacion con las almas vulgares.
Pero una de estas llegó a ser superiora de la comunidad, é inducida por alguno de los que se habian propuesto perseguir á Sor Juana Ines, la prohibió toda lectura y estudio. Entónces era cuando su ardiente imaginacion buscaba y hallaba hasta en los objetos triviales ocasion de meditar y aprender. “Si Aristóteles hubiera guisado, decia alegremente una vez, mucho mas hubiera escrito.” Sinembargo, su espíritu estaba reducido á una especie de ayuno, y el esfuerzo que hacia para buscarse alimento sin el auxilio de los libros, vino á quebrantar las fuerzas físicas, y la jóven cayó gravemente enferma. “Eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, refiere ella misma, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias.” Por fortuna los médicos calaron el motivo de la dolencia. Tras el diagnóstico vino la aplicacion de la medicina, los libros: abriéronle la biblioteca á Sor Juana despues de tres meses de entredicho y se le abrieron las puertas de la vida. Suceso enteramente igual al que se refiere del Petrarca: el Obispo de Cavaillon, su amigo, quiso privarle de la mucha lectura y le encerró sus libros; el poeta cayó malo, y fué menester devolverle las llaves de su biblioteca para restituirle la salud perdida en el ocio forzado á que se le condenó. Mala muestra de sus alcances dan los que piensan que _solo de pan vive el hombre_. La falta de pan enflaquece y mata la materia, mas no el espíritu. La falta de estudio y de saber mata el espíritu y á veces el cuerpo; este recibe vigor de la influencia de aquel. La naturaleza, aunque no siempre, es verdad, establece de tal manera las relaciones de los dos, que para que la máquina corpórea no se desorganice es precisa mucha actividad en las potencias del alma. “En árbol donde se coje la ciencia, no se coje la vida: vida y ciencia no son frutos de un mismo tronco,” ha dicho un eclesiástico al tratar de la temprana muerte de Sor Juana Ines. Esas palabras encierran una verdad, pero no absoluta: si se han visto gastarse muchas vidas y disolverse al fuego de la ciencia, como la nieve á los rayos del sol, no son pocas las que se han sostenido apoyadas por el trabajo mental de todos los dias, y que se habrian agostado y hecho polvo al sentir la inaccion del espíritu.
Veintitres años de clausura llevaba nuestra poetisa; veintitres años empleados en continuar dando pábulo á su pasion por la sabiduría; pero se habia inclinado acaso mas de lo justo á las ciencias y literatura profanas, con cuyo motivo la aconsejaba su amiga la trinitaria Filotea que, sin dejar la lectura de los filósofos y poetas, se consagrase con preferencia á las letras divinas y á la práctica de la virtud; porque “ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad.” “Lástima es que tan grande entendimiento, añade Sor Filotea, de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo.”
Algun tiempo despues, unos dos años ántes de su fallecimiento, se verificó en la vida de Sor Juana Ines un cambio radical y definitivo; se desprendió de su pasado, si asì podemos decir, rompió todos los lazos que la sujetaban á las profanidades de la tierra, se sobrepuso con voluntad heróica á la necesidad y á la costumbre del contacto con los doctos y grandes del mundo, y se dió completamente á la mística. Entónces, y no desde el principio de su clausura, como algunos han escrito, comenzó nuestra religiosa su vida de austeridad y penitencia. Cuál haya sido la causa de tan súbita y grande mudanza, no es posible decirlo con absoluta certeza. ¿Fué talvez la pérdida de alguna cara ilusion que guardaba en el secreto de su celda? ¿fué por entónces arrebatado de la muerte el amante, ya moralmente perdido para ella en la sociedad, pero todavía objeto del silencioso culto que un corazon ardiente no puede á veces dejar de rendir á su ídolo, aunque le vea caido ó sobre otro altar colocado? ¡Ay! de cuántas maneras, ademas de la muerte, se pierde lo que se ama, sin que se apague la pasion!... ¿Fué por ventura el orígen del cambio algun otro desengaño superior al que la obligó á cubrirse con las tocas monjiles, alguna demostracion inesperada de una de esas certidumbres crueles que restregan y allagan el delicado corazon de la mujer hasta matarlo? ¿fué el acìbar que derramaron en sus entrañas la murmuracion y la calumnia, eternas enemigas de la virtud y del saber? ¿fué el efecto que produjo al cabo la constante exhortacion de sus amigos que, como Sor Filotea y aun mas que ella, deseaban se entregase absolutamente á la contemplacion devota y práctica del rigor ascético? Cualquiera cosa que haya sido, la verdad es que se la vió trocada de sabia en santa. Su fervor para el estudio se convirtió en estremado celo por los ejercicios piadosos. Le parecia que hasta entónces habia vivido “no solo sin religion, sino peor que pudiera un pagano.”
Vendió su librería, cuyo precio distribuyó entre los pobres, cambió los instrumentos de las ciencias y su amada lira con los cilicios y la disciplina, y llegó su exaltacion en la via del ascetismo hasta firmar con su sangre la protestacion de fe con que dió principio á su santificacion. Siempre son así las almas apasionadas: no conocen la templanza, ó no la juzgan virtud; el fuego en que se encienden las impulsa á volar, á precipitarse, y ó se disparan al cielo ó se hunden al abismo, siempre con la presteza del rayo.
Era imposible que tamaña alteracion no amenguase la salud de la religiosa. Ya sabemos el efecto que la hizo la privacion temporal de sus libros; pues la misma causa y en mayor grado, debió traer funestas consecuencias. Tarde comprendió el confesor el daño que el exceso de penitencia traia á la madre Juana, y trató en vano de moderarla. Nunca fué demasiado robusta, y fácilmente vino á dar en achacosa.
Por el año de 1695 se introdujo en el monasterio de San Gerónimo una fiebre que diezmó terriblemente la comunidad. Buena ocasion se le ofreció á Sor Juana Ines para ejercer la caridad, y la aprovechó; pero su estenuacion y el contacto frecuente con las enfermas no tardaron en hacer que tambien se contagiase. Esta noticia alarmó y afligió á todo Méjico, y miéntras los mejores médicos agotaban su ciencia por salvar la vida de la insigne monja, las iglesias estaban llenas de gente que oraba por ella, se hacian rogativas públicas y las campanas tocaban plegarias. Todo fué inútil: Dios habia dispuesto apagar ese brillante lucero en la tierra para encenderlo en el cielo; el 17 de abril del mismo año no quedaban de la Décima Musa sino el cuerpo inanimado, próximo á convertirse en polvo, y el nombre venerado por sus compatriotas y expuesto, no obstante, á ser presa de la ingratitud y del olvido.
Las exequias que se le hicieron fueron suntuosas, y es grande el número de poesías que en América y España se escribieron en su elogio.
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