El arte de ir despacioBiblioteca Lumbre

CAPÍTULO 3

El espacio entre las cosas

Nos enseñan a valorar lo que ocupa espacio: un resultado, un objeto, una respuesta. Es más difícil aprender a valorar lo que lo deja libre. Sin embargo, la música necesita silencios y una página necesita márgenes. Lo que no está también participa de la forma.

Clara empezó a dejar espacios entre sus tareas. Al principio eran tan breves que apenas parecían reales. Respirar antes de abrir una puerta. Mirar el cielo antes de entrar en el metro. Terminar una conversación sin buscar de inmediato la siguiente. No era una técnica; era una manera de recordar que seguía allí.

Hubo días en los que olvidó todo. Volvió a desayunar de pie, a abrir diez ventanas en el ordenador, a llegar a la noche con la sensación de no haber terminado nada. Aprendió que el cuidado no se demuestra por la ausencia de tropiezos. Se demuestra por la forma en que regresamos después de ellos.

Un domingo encontró la taza azul en el fondo del armario. La había sustituido por otra más nueva y había olvidado por qué aquella le gustaba tanto. Al tomarla entre las manos reconoció el peso, la grieta, la curva irregular del asa. Algunas cosas guardan la memoria de nuestra atención.

Volvió a ponerla sobre la mesa. Abrió la ventana. Afuera, una mujer enseñaba a un niño a montar en bicicleta. El niño miraba hacia delante con una concentración absoluta, sin saber todavía que el equilibrio no se consigue quedándose quieto, sino haciendo pequeños ajustes mientras uno avanza.

Clara pensó que quizá se trataba de eso. No de abandonar el movimiento, ni de volver lentas todas las cosas, sino de encontrar un ritmo en el que pudiera reconocer su propia vida mientras la vivía. Bebió un sorbo de té y abrió el libro por donde lo había dejado.

Un respiro entre páginas.

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